Ceuta es invadida y el Gobierno no quiere llamarlo por su nombre
Estamos a 31 de julio y la ciudad española de Ceuta sigue sufriendo una situación que, en mi opinión, solo puede definirse de una manera: una invasión. Sé que las autoridades utilizarán otros términos y que muchos medios preferirán hablar de crisis migratoria o flujo migratorio, pero yo creo que hay que llamar a las cosas por su nombre.
Si alguien entra en tu casa sin permiso, forzando la entrada o aprovechando una puerta abierta, todos entendemos que está invadiendo tu espacio. Nadie consideraría normal ofrecerle comida, una manta y una cama para dormir. Sin embargo, eso es exactamente lo que estamos haciendo como país. Han entrado miles de personas y ahora somos nosotros quienes tenemos que asumir las consecuencias, proporcionar recursos y gestionar una situación que nunca debería haberse producido.
Lo que más me preocupa es que no estamos hablando de unas pocas personas. Estamos hablando de unas 20.000. Mantener, alimentar y atender a una cantidad tan grande de gente supone un coste enorme. Y, como siempre, ese coste termina recayendo sobre los ciudadanos.
Se nos dice que entre los recién llegados hay mujeres y niños. No lo niego, pero lo que yo he visto en las imágenes son principalmente hombres jóvenes y adolescentes. No estoy diciendo que hayan venido con intención de cometer actos violentos, pero sí que constituyen una presión enorme sobre un territorio pequeño como Ceuta y sobre los recursos disponibles.
También me preocupa la forma en que se está construyendo el relato. Las palabras importan. Cuando hablamos de “migrantes” o “inmigrantes”, estamos suavizando lo que ha ocurrido. Yo no creo que 20.000 personas crucen una frontera de manera espontánea. Creo que detrás de algo así existe organización, planificación y una estrategia determinada.
Tengo muchos alumnos procedentes del Magreb y algunos de ellos llegaron a España de forma irregular. Cuando les pregunto por qué vinieron, la mayoría no me habla de guerras ni de persecuciones. Me dicen que buscaban mejores oportunidades. Lo entiendo perfectamente; cualquiera querría mejorar su vida. Pero una cosa es comprender sus motivaciones y otra muy distinta aceptar que un país renuncie a controlar sus fronteras.
Por eso me resulta tan frustrante la respuesta de las autoridades. He visto movimientos de policías y militares, pero no he visto una solución efectiva al problema. Además, considero injusto responsabilizar a los agentes que estaban sobre el terreno. Son ellos quienes han tenido que afrontar una situación desbordante sin el respaldo suficiente. La verdadera responsabilidad corresponde a quienes toman las decisiones políticas.
También me sorprende la escasa atención mediática que está recibiendo todo esto. Tengo la sensación de que, conforme pasan los días, el asunto va desapareciendo de los titulares. Y cuando desaparece de los titulares, desaparece también de la conversación pública. Entonces llega el olvido, y con él la normalización de una situación que considero inaceptable.
Creo que muchos españoles desconocen la importancia de Ceuta y Melilla. Son territorio español. Cuando alguien entra por Ceuta, está entrando en España. Y cuando entra en España, también está entrando en Europa. Por eso no me extraña que las instituciones europeas hayan mostrado preocupación y ofrecido apoyo en materia fronteriza.
Echo en falta una mayor conciencia nacional sobre este asunto. Durante el Mundial vimos banderas en balcones y calles, vimos celebraciones y un gran sentimiento de unidad. Me gustaría ver una implicación parecida cuando se trata de defender la integridad territorial del país. No hablo de violencia ni de enfrentamientos; hablo de interés, compromiso y preocupación por lo que ocurre en nuestras fronteras.
Por último, me preocupa que este episodio no sea un hecho aislado. Tengo la sensación de que, si no se adoptan medidas firmes, volveremos a enfrentarnos a situaciones similares en el futuro. Ceuta y Melilla forman parte de España y creo que debemos prestar mucha más atención a lo que sucede allí.
Esa es mi opinión. Puedo equivocarme en algunas cosas, pero lo que tengo claro es que no quiero que este asunto caiga en el olvido ni que dejemos de debatir sobre algo que considero fundamental para el presente y el futuro del país.