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Ceuta. ¿Oportunidad perdida?

Por Víctor Javier Ramírez Serrán
09/09/2026 5 min de lectura
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Ceuta, España y una oportunidad perdida

Cuando un territorio español sufre porque las instituciones miran hacia otro lado, el problema deja de ser únicamente territorial: se convierte en una crisis de confianza entre los ciudadanos y quienes deberían protegerlos.

No es momento de mirar hacia otro lado

Durante demasiado tiempo he evitado los alarmismos. Creo que conviene hacerlo. En política, exagerar los problemas no ayuda a resolverlos y, en ocasiones, termina convirtiendo una cuestión grave en una caricatura.

Hay momentos en los que la realidad se impone. Y lo que está ocurriendo en Ceuta merece que hablemos con claridad. Ceuta no es una abstracción geográfica ni una nota al pie en un mapa. Es una ciudad española. Allí viven españoles, allí están nuestras instituciones y allí comienza, también, una de las fronteras de España y de la Unión Europea.

Por eso resulta imposible contemplar determinados acontecimientos como si fueran simplemente una crisis más de inmigración, una emergencia humanitaria aislada o un episodio pasajero de tensión diplomática.

La dimensión humanitaria no puede utilizarse para ocultar la dimensión política, fronteriza y de seguridad del problema.

Ayudar a quien lo necesita puede ser una obligación moral. Pero ese no es el caso actualmente en Ceuta. El caso ahora es defender las fronteras y garantizar la seguridad de los ciudadanos.

Ceuta no debe pagar el precio

Uno de los aspectos que más indignación provoca es el abandono de los ceutíes por el Gobierno de Pedro Sánchez. Una ciudad que lleva décadas soportando una presión fronteriza extraordinaria tiene derecho a exigir algo más que discursos tranquilizadores cuando la situación se complica. Tiene derecho a pedir previsión. Tiene derecho a pedir firmeza. Y, sobre todo, tiene derecho a saber que las instituciones del Estado estarán allí cuando sean necesarias.

La solidaridad con Ceuta no debería aparecer únicamente cuando la situación llega a los titulares nacionales. Debería formar parte permanente de la política de Estado.

Porque si algo demuestra una crisis es precisamente dónde están las prioridades reales de un país.

Marruecos no puede marcar la agenda española

La relación con Marruecos era importante desde el punto de vista económico, hasta que ha mostrado abiertamente hostil con España. El Gobierno de España tiene que mostrar fortaleza y perder el temor permanente a provocar una reacción de Rabat. Un vecino puede ser un socio necesario y, al mismo tiempo, mantener posiciones incompatibles con los intereses españoles. No hay ninguna contradicción en reconocer ambas cosas.

Lo que sí resulta preocupante es que cualquier movimiento marroquí parezca capaz de condicionar la respuesta política española. Ceuta y Melilla no deberían convertirse en fichas de una partida diplomática.

España necesita una política hacia Marruecos basada en nuestros propios intereses nacionales, no en el miedo a las consecuencias de defenderlos.

Y eso exige una estrategia de Estado que vaya mucho más allá de la reacción improvisada ante cada crisis.

La frontera no es una cuestión ideológica

Hay otro debate que considero imprescindible. Durante años, cualquier intento de hablar de control fronterizo, inmigración irregular o integración ha sido rápidamente introducido en una guerra cultural entre izquierda y derecha. Un grave error histórico.

Una frontera controlada no es una cuestión de izquierdas o de derechas. Es una característica elemental de cualquier Estado que pretenda ejercer su soberanía. Del mismo modo, exigir que la inmigración sea ordenada, legal y compatible con la capacidad de acogida de un país no convierte automáticamente a nadie en extremista.

Controlar una frontera no significa despreciar a quien cruza esa frontera. Significa que las decisiones sobre quién entra y en qué condiciones corresponden al Estado.

Y precisamente por eso considero legítimo reclamar reformas legales que permitan afrontar situaciones excepcionales con mayor eficacia.

Cuando la solidaridad se convierte en improvisación

También debemos hablar de la solidaridad entre territorios. España es una nación y las comunidades autónomas tienen obligaciones de cooperación. Pero la solidaridad no puede convertirse en una herramienta para ocultar la incapacidad del Estado para gestionar el origen de un problema.

Si una situación fronteriza se resuelve simplemente trasladando sus consecuencias de una ciudad a otra, no estamos solucionando el problema. Lo estamos repartiendo. Y repartir un problema no equivale a resolverlo.

La prioridad debería ser siempre evitar que Ceuta soporte una presión que ninguna ciudad debería afrontar en solitario y, al mismo tiempo, establecer mecanismos que impidan que las respuestas improvisadas terminen generando nuevos incentivos o agravando la situación.

Y entonces aparece la Corona

Hay una cuestión que, personalmente, me resulta todavía más difícil de entender: el papel de la Corona. La monarquía española tiene una función institucional y simbólica especialmente relevante en situaciones de crisis. El rey no gobierna, pero representa al Estado y a todos los españoles.

La relación entre Felipe VI y Ceuta tiene una dimensión que va más allá de cualquier decisión concreta del Gobierno. Los ciudadanos de Ceuta esperaban una señal. Esperaban presencia. Esperaban que, en un momento particularmente delicado, la Corona estuviera cerca de ellos.

Hay ocasiones en las que la política consiste en estar. En acompañar. En transmitir que quienes están en primera línea no están solos.

Y esa es, en mi opinión, la oportunidad que se ha perdido. No se trata de pedir al rey que gobierne ni que sustituya al Ejecutivo. Se trata de comprender que los símbolos también importan. Y cuando los ciudadanos esperan un gesto de respaldo, la ausencia también comunica.

No a la resignación

Los ciudadanos no debamos limitarnos a observar los acontecimientos desde la distancia. Si las instituciones funcionan mal, la sociedad tiene derecho a reclamar cambios. Si las leyes resultan insuficientes, hay que reformarlas. Si la política fronteriza no funciona, debe revisarse. Y si una ciudad española siente que está siendo abandonada, el resto de España debería escucharla.

Por eso nació la plataforma Una España: desde la convicción de que los problemas que hoy sufrimos no pueden solucionarse únicamente cambiando a una persona por otra en el Gobierno. Necesitamos reformas. Reformas legales. Reformas institucionales. Y, sobre todo, una concepción más clara de lo que significa ser un Estado capaz de defender sus fronteras y garantizar los derechos de sus ciudadanos.

Unidad

La cuestión fundamental no debería ser si somos de izquierdas, de derechas, monárquicos o republicanos. La cuestión debería ser mucho más sencilla:

¿Estamos dispuestos a defender aquello que compartimos?

Ceuta es española con independencia de quién gobierne en Madrid. La seguridad de sus ciudadanos debería importar tanto como la de cualquier otro ciudadano del país y sus fronteras deberían recibir la misma protección que cualquier otra frontera española. Ese debería ser el mínimo común denominador.

Tal vez esa sea la conclusión más importante. Ceuta no necesita que el resto de España la mire con compasión. Necesita que la mire como lo que es: una parte de España. Necesita una política de Estado. Necesita previsión. Necesita instituciones capaces de responder. Necesita una política exterior que defienda los intereses españoles sin complejos. Y necesita que sus ciudadanos sepan que, cuando llegan los momentos difíciles, detrás de ellos existe un país entero.

Porque la verdadera unidad nacional no se demuestra solamente cuando todo va bien. Se demuestra cuando una parte de España atraviesa dificultades y el resto decide no mirar hacia otro lado.

Ese es el desafío. Y también la oportunidad. Que Ceuta deje de ser una excepción permanente y vuelva a ocupar el lugar que le corresponde en la conciencia nacional. Que España deje de reaccionar siempre después de los acontecimientos y empiece a anticiparse a ellos. Y que los ciudadanos recuperemos la convicción de que la política puede servir para proteger aquello que tenemos en común.

Porque una España unida no debería ser solamente un lema. Debería ser un compromiso.

Autor

Víctor Javier Ramírez Serrán

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